18 de marzo de 2015

Una autorización presidencial llevo a la invasión (fracasada) de Cuba

ANDRES ZALDIVAR DIEGUEZ* – El 17 de marzo de 1960 el presidente de Estados Unidos Dwight D. Eisenhower aprobó el plan presentado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) desde finales de 1959, en aras de destruir la Revolución Cubana. El cumplimiento de este trajo consigo, trece meses más tarde —en la madrugada del 17 abril de 1961— la invasión por Bahía de Cochinos, que concluyó con su aplastante derrota 66 horas después en las arenas de Playa Girón. El contenido de este denominado “Plan de acciones encubiertas” no fue desclasificado hasta varias décadas después.
Aunque no fue la primera medida de envergadura gestada desde Washington contra la naciente Revolución —en agosto de 1959 se había frustrado en Trinidad la conspiración yanqui-batistiano-trujillista, al igual que la zancadilla diplomática or­questada por el Departamento de Estado a través de la Quinta Reunión de Consulta de la OEA, en Santiago de Chile—, por su enorme extensión y alcance, las acciones aprobadas aquel día han trascendido por haber sido la luz verde presidencial a la primera gran operación subversiva contra la Revo­lución Cubana.

El plan presentado por la CIA contenía cuatro direcciones o líneas de trabajo, algunas de las cuales ya habían sido iniciadas. La primera era la creación de un “frente político” declaradamente opuesto al Gobierno Revolucionario —por lo que debía radicar en el exterior— a nombre del cual el Gobierno de Estados Unidos realizaría las acciones planificadas. Bajo el nombre inicial de Frente Revolucionario Democrático, se asentó desde poco después en Miami, y dio vida a la mafia terrorista que allí aún campea por su respeto. La segunda dirección fue el desarrollo de “los medios de información hacia el pueblo cubano”, cuyo más importante resultado fue el inicio de la propaganda radial subversiva a través de un radiotransmisor instalado en las Islas Swan del Golfo de Honduras (Radio Swan) y por emisoras comerciales del sur de Estados Unidos y otros países de la región.

La tercera línea fue la creación de una “organización secreta de inteligencia y acción”, que derivó en la estimulación y respaldo de organizaciones terroristas en las ciudades, así como de bandas terroristas de alzados en los macizos montañosos del occidente, centro y oriente del país. La cuarta dirección se trataba de la creación de una fuerza paramilitar en un tercer país, encargada en primera instancia del abastecimiento de medios de guerra a las organizaciones contrarrevolucionarias y alzados en las montañas; así como de infiltrar hombres que estuvieran en capacidad de dirigir acciones que trajeran consigo la destrucción de la Revolución.

La respuesta revolucionaria demostró con rapidez lo iluso de tal pretensión. Tras detectarse desde el verano de 1960 la presencia de elementos armados en diferentes lugares del macizo montañoso del Escambray, las operaciones iniciadas el 8 de septiembre desde la finca La Campana por 800 campesinos de la propia zona, organizados en 25 pelotones de milicia, posibilitó que en menos de dos meses los estrategas de la CIA vieran frustrados sus propósitos de convertir las montañas cubanas en santuarios opositores. La concepción estratégica central del Programa aprobado el 17 de marzo se hizo añicos: quienes se entrenaban en el exterior no podrían nunca contar con fuerzas para dirigirlas en una guerra irregular contrarrevolucionaria. Ello dio origen, a inicios de noviembre de 1960, al plan de invasión de una Brigada anfibia y aerotransportada que sería derrotada en Playa Girón meses más tarde.

Algunos investigadores, que se limitan a mencionar solo las cuatro direcciones subversivas que aparecen explícitamente en el Programa de acción encubierta de hace 55 años, no tienen en cuenta que al calor de aquel plan subversivo se desarrollaron, al menos, otras cuatro líneas subversivas, las que han trascendido también en el tiempo y caracterizado la política hacia Cuba por más de medio siglo. Otra de aquellas direcciones encubiertas fueron los planes de asesinato del Co­man­dante en Jefe, que aunque aparecía en un resumen del plan original de la CIA del 11 de diciembre de 1959, incluso consignando que era la medida más importante, fue excluido de la letra del documento presidencial.

Otra dirección fue la guerra económica, tanto en su vertiente de sabotajes y daños a la economía como en las manifestaciones públicas del bloqueo, que trajo consigo el cese del suministro de petróleo al país; el inicio de las escalonadas reducciones de la cuota azucarera cubana en el mercado estadounidense hasta su eliminación total; así como la prohibición de exportaciones hacia Cuba (19 de octubre de 1960), segundo paso decisivo hacia el bloqueo económico, comercial y financiero, aplicado en su totalidad catorce meses más tarde, en febrero de 1962, como parte de la Operación Mangosta.

Otra medida fue el afianzamiento del cerco diplomático de la Isla, en especial a través de la Séptima Reunión de Consulta de cancilleres de la OEA, realizada en San José, Costa Rica, a fines de agosto de 1960, cuya insolente Declaración provocó la multitudinaria aprobación de la I Declaración de La Habana del 2 de septiembre.

Finalmente, no podemos dejar de considerar la organización de una autoprovocación en la Base Naval en Guantánamo —en una denominada Operación Marte, que no logró sus propósitos—en aras de obligar al presidente John. F. Kennedy a que autorizara la directa intervención militar contra la Revolución.

A 55 años de iniciarse formalmente esta gran operación subversiva contra la Revolución, sería imperdonable olvidarla.
*Lic. en Ciencias Políticas y Dr. en Ciencias Jurídicas, investigador del Centro de Investigaciones Históricas de los órganos de la Seguridad del Estado y profesor universitario.

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